V.1 Introducción a la sección

Era el murmullo de la Guitarra que nacía, que hervía impacientemente por tomar forma definitiva, haciéndose en manos de aquellas esclavas.

«Laúdes celestiales, en mano de ángeles, cantan alabanzas al Señor».

Toda la historia de la música española está llena de resonancia de instrumentos de cuerda. Un siglo después después de la invasión agarena, el maestro Mateo labra en piedra un vihuelista en el «Pórtico de la Gloria» de la Catedral de Santiago de Compostela.

Y en una de los Códices -el de El Escorial- de las «Cantigas del Rey Sabio», unas miniaturas deliciosas nos muestran tañedores de Guitarra. Se ven de dos clases: la «morisca» y la «latina». Ya el señor Arcipreste -el de Hita- había distinguido entre ellas:

"Allí sale gritando la guitarra morisca
de las voces aguda, de los puntos arisca
el corpudo laúd que tiene punto a la Trisca,
la Guitarra latina con esto se aprisca".

Menciona, también dos calsess de «vihuela»: la «vihuela de péñola», es decir, tañida con plectro, y la «vihuela de arco».

Pero antes de Juan Ruiz y su «Libro de Buen Amor», hemos de encontrar una Guitarra bajo el cielo claro de Italia en la más antigua referencia que conocemos -acaso habrá otras- de la «guitarra morisca». Está cerca del dulce Santo de Asís en una conmovedora y bellísima historia en la que van unidos San Francisco y el hermoso milagro musical de Rieti.

La versión franciscana, de Celano, dice poco más o menos así:

San Francisco, muy enfermo de los ojos, reposa en una casa de Rieti. Es tarde en la noche y dice a uno de los frailes menores que le acompañan: «Hermano, los hijos de este mundo no entienden los secretos divinos». La voluptuosidad humana utiliza los instrumentos de la música, inventados en otro tiempo para las divinas alabanzas, únicamente para solaz de los oídos. Desearía, hermano, que pidiendo prestada en secreto en secreto «una guitarra al dueño de esta casa, que es morisco» la trajeras aquí, y entonando el «Cántico de las Criaturas», proporcionaras algún descanso al hermano cuerpo, lleno de dolores.

A lo que el hermano replicó: «Me da mucha verguenza pedirla, Padre Francisco; temo que los hombres sospechen que yo he sido vencido por esta liviandad. Es muy tarde, además, y podríamos escandalizar».

Y el Santo de la ternura y de las suavidades, resignado y humilde repuso: «Dejémoslo, pues, hermano. Es conveniente abstenerse de muchas cosas para no perder el buen nombre».

La actitud del hermano fue mezquina y farisáica al negar al Santo, enfermo y dolorido, aquel consuelo, por no comprometerse y parecer mal ante alguno. Pero Dios con divina bondad, quiso dárselo y cuando Francisco se quedó en soledad, envió a sus ángeles -¡hermosos ángeles de alas inmensas y de rizadas guedejas de oro, como los de Melozzo da Forli!- que con sus grandes laúdes celestiales cantaron, para el Santo de Asís, el «Cántico de las Criaturas»…

Lo siguiente en el blog

En las próximas publicaciones realizaré transcripciones de partituras de arreglos para guitarra que formaron parte de mi estudio musical en mi juventud, todo ello con la intención de mantener una copia digitalizada de esos documentos que hasta el día de hoy ya se encuentran muy desgastados por el uso.

Además iniciaré con publicaciones relacionadas con ámbitos de mi área de programación para mantener notas que me puedan servir a futuro.